Messi: Se creció el enano

Retomamos este texto sobre Lionel Messi, cedido por su biógrafo Leonardo Faccio, después de que la FIFA anunció que el astro argentino es el ganador de su quinto Balón de Oro.

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Cuando Lionel Messi se retire del fútbol, tal vez recordemos algo más que sus goles geniales. Por ejemplo, su carisma de humilde y esa cara de yo no fui. “Un error lo tiene cualquiera –me dijo una hincha del Real Madrid el día que Messi debía presentarse ante la Justicia–. Se le ve buen chico”. El buen chico había bajado de su Audi blanco y alzó el pulgar. Lo esperaban mujeres con hijas adolescentes, hombres con pantalones cortos y niños con teléfonos móviles que querían tocarlo. Lo acompañaba su hermano mayor. Dos abogados lo seguían. La fiscalía de delitos económicos de Barcelona lo acusaba de haber defraudado 4,1 millones de euros en impuestos por sus derechos de imagen, y el argentino se había presentado a declarar al juzgado número tres de Gavà. Pero aquello parecía una fiesta de entrega de premios en un escenario equivocado. Nadie llega con una sonrisa a esas grises oficinas públicas donde se juzgan delitos penales. Excepto Messi.

(…) Le reclamaban los aportes de ingresos que no había declarado entre 2007 y 2009. Pero donde un fiscal veía a un ciudadano evasor, sus fans veían al ídolo del fútbol. “Si yo no sé hacer mi declaración de la renta, imagínate Messi –lo justificaba un fan que esa mañana había faltado al trabajo para verlo–. Él solo sabe jugar al fútbol”. Hay leyes que no rigen en el territorio de las pasiones. (…) Para los fans que lo esperaban frente al juzgado, Messi era un genial goleador de cine mudo que los hacía felices en medio de tanto ruido tecno. Los comentaristas deportivos, en cambio, discutían entonces sobre un genio menguante.

NO ERAN SUS MEJORES DÍAS
Tampoco los peores. Un día de primavera de 2013, Lionel Messi presentó a su hijo con una fotografía que circularía por las redes sociales: Thiago Messi sonreía en brazos de Antonella Roccuzzo, la madre. Entonces, a pesar de que se había consagrado por cuarta vez consecutiva mejor futbolista del mundo, no lograba tener continuidad en el Barça. Durante los primeros cinco meses de 2013, Messi no pudo jugar un partido completo a causa de una lesión en su pierna derecha, y antes de acabar el año estaría casi dos meses fuera del campo por otra lesión, esta vez en la pierna izquierda. Andaba como una estrella cansada.

“Regatea menos, especula más, corre poco –observó el cronista Santiago Segurola–: Messi ya no gobierna partidos –dijo–. Solo momentos geniales”. No fue el único que lo había notado: “No está tan chispeante, tan picante –diría el exentrenador de la selección de Argentina César Luis Menotti–. Quizás descansa más de lo que corresponde en un partido”. Los genios siempre tuvieron irregularidades. “Maradona reservó sus jugadas de oro para grandes días –recuerda Juan Villoro–, Zidane certificó su importancia específica de crack con goles en la final del mundial y en la Champions League”. La irregularidad es una característica de los fuera de serie –y no solo de ellos–, pero la excepcionalidad de estos hombres y mujeres hace que en la memoria de los fans perduren más los momentos felices, incluso en situaciones de adversidad, y que predomine la lealtad incondicional sobre la crítica.

Cuando Maradona fue detenido en Buenos Aires por posesión de cocaína, mientras dos agentes lo arrastraban hacia un coche policial, decenas de seguidores lo alentaban gritando su nombre como si estuvieran en un estadio. En París, Zidane ha sido inmortalizado en una estatua de bronce de cinco metros de altura que recrea el momento del mundial de Alemania en que el francés derribó al italiano Materazzi con un cabezazo en el pecho.

En la fábrica de viejos prematuros que es el deporte de alta competencia, Messi había recibido la alegría de la paternidad junto a problemas propios de un adulto que debe independizarse de la figura del padre. Además de sufrir una lesión y recibir la citación de un fiscal por evadir impuestos, la Guardia Civil de España lo llamaría para interrogarlo por un caso de lavado de dinero en unos partidos benéficos en Colombia, Perú, México, Miami y Chicago. La policía allanaría después la casa de su hermano Matías. La misma casa de Rosario que habían baleado dos años antes. A Leo Messi se le sumaba una distracción más.

El chico introvertido que antes nunca se lesionaba debía conocer la fórmula para resolver problemas de adultos. “A Messi debe preocuparle hoy lo mismo que a Guardiola cuando dejó el club –me dijo Ramón Besa, cronista del diario El País–. ¿Cómo envejecer siendo joven?”. Lejos del retiro y con la única deuda futbolística de ganar un mundial, el destino de Lionel Messi es el de los genios ambiciosos que no quieren desilusionar a sus fans, pero sobre todo a sí mismos: improvisar y reinventarse.

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