Tachia Quintanar: El amor parisino de Gabo

Diners estuvo en el apartamento de Tachia Quintanar, la actriz vasca que vivió un romance con Gabo en 1955, cuando ambos eran unos jóvenes inmigrantes buscando abrirse paso en París.

Y aunque ya han pasado casi tres días después del fallecimiento del Nobel, Tachia Quintanar habla de Gabo en tiempo presente, en un ordenado y detallado torrente de recuerdos.

Jovial y engalanada con un vestido de terciopelo vino tinto, en una mañana soleada, Tachia me recibe para hacer memoria sobre su tiempo juntos, desde su apartamento, que se eleva siete pisos sobre la calle Montalembert, muy cerca del centro de París.

“Conocí a Gabriel en la primavera del 56, el 21 de marzo, aunque él dice que fue en el otoño del 55, pero no es verdad. Fue por un amigo común: Joaquín Novais, que era corresponsal de O Globo, de Brasil, y que había estado con él atendiendo un evento importante en Ginebra. Yo daba un recital de poesía de la pieza Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero, en el club Le quatre-vingts. Invité a Joaquín, quien, a su vez, invitó a Gabriel, que finalmente no fue porque dijo: ‘Uf, una señora diciendo poesía. Qué va, aburridísimo. Yo no voy’. Pero cuando se terminó, nos esperó en el Café Mabillon, que está ahí en el barrio de Saint-Germain-des-Près.

”El señor Novais debió de pensar que ese chico era joven, que yo era joven y que mejor él se iba a dormir y nos dejó. Bueno, empezamos a pasear por París, por el Sena, que es lo más romántico que hay… Era un muchacho que acababa de conocer y me conquistó por su gracia, por su duende, por su espíritu, por su manera de ser, porque no era para nada el tipo físico mío, para nada. Y poco a poco nos hicimos novios.

”En aquel tiempo yo tenía un cuartito en el 90 de la Rue d’Assas, que está a unos 20 metros de los Jardines de Luxemburgo, y él vivía en el Hôtel de Flandre, del 16 de la Rue Cujas, por Saint-Michel. Él era periodista y solo algunos días después de habernos conocido, El Espectador cerró por Rojas Pinilla y ahí se quedó varado. Ninguno de los dos tenía fortuna y empezamos a darnos cuenta de que no teníamos ni para el metro.

”Entonces íbamos a todos los sitios a pie. Frecuentábamos sobre todo el Barrio Latino, y el Jardín de Luxemburgo era el lugar de nuestros grandes paseos. Ahí me leyó todo lo que estaba escribiendo. Muy de vez en cuando también me leía en el Café Capoulade y en La chope parisiense, que quedaban muy cerca de los jardines. Él siempre pedía café y yo chocolate; entonces las patronas del lugar me llamaban Mademoiselle Chocolat y él también empezó a decirme así. De hecho, un día llamé allá y dije: ‘Habla Mademoiselle Chocolat, cuando vean llegar a mi novio, díganle que estoy retrasada, pero que ya no tardaré mucho’.

”Como le encanta el cine, íbamos al Champollion, que tenía la particularidad de dar buenísimas películas antiguas, de antologías. Con él vi ahí Alexánder Nevsky, El acorazado Potemkin, todas esas maravillas que no llegaban a la España franquista. Además, era muy barato. Costaba 100 francos y luego, cuando hubo un cambio en la moneda, quedó a un franco y así, de vez en cuando, nos pagábamos un cinito. Es que éramos tan pobres que me acuerdo de un día en que no teníamos ni qué comer. Yo buscando en un cajón, encontré una tisana y Gabriel me dijo: ‘Ay, Tachia, esto sabe a procesión’. ¡Esas cosas que dice él y que yo no había oído nunca!

”Y eso que yo solía preciarme de darle de comer a él y a otros amigos nuestros con poquísimo dinero. Compraba un cuarto de kilo de carne picada, a la cual metía un buen pedazo de pan impregnado en leche y con eso hacía una especie de albóndigas, y esa era muy a menudo nuestra comida. Yo cocinaba en un reverbero de caracol, en el piso y nos sentábamos seis en la cama y otros sobre cajas desocupadas de naranjas.

”Él llamaba a mis sopas soupe à la rigolade (sopa a la broma), porque yo le ponía cualquier cosa para que supiera a algo, que es lo mismo que le pasa a la esposa del coronel: no sabe qué echar al puchero, mientras él espera la pensión, que es también lo que le sucedía al pobre Gabriel, que se la pasaba esperando un cheque que nunca llegaba. Incluso, en un momento dado, llevamos su máquina de escribir al Monte piedad, o sea, al empeño.

”Es verdad que éramos pobres y que pasamos tragedia con todo aquello del hospital*, pero, al mismo tiempo, lo pasábamos muy bien. Íbamos mucho a la casa de Hernán Vieco, el único amigo que tenía un sueldo. Él era arquitecto colombiano y estaba trabajando en la construcción del edificio de la Unesco. Allá, Gabriel solo cantaba vallenatos y mejor que Escalona… ¡Ah! Y cómo baila cumbia… De hecho, en la entrega del Nobel, según me contó él mismo, cuando habló con la reina Silvia, ella le dijo que le encantaba la cumbia y a él se le ocurrió responderle: ‘Sabe usted, señora, esto de la literatura es mi hobby, pero yo en realidad lo que soy es profesor de cumbia’.

”Él se repartía entre su hotel y mi cuartito, que antes había sido la cocina de un apartamento grande. Yo creo que los señores del edificio sabían que ahí había dos personas, pero siempre fueron muy discretos, nunca me dijeron nada, aunque yo tenía que cuidar que no pasara nadie cuando Gabriel salía, porque había que tratar de conservar las formas. Hay una anécdota muy simpática: un día vino a verme el hermano de una amiga mía de Bilbao y Gabriel estaba ahí, en mi casa, y todo el ratito se metió debajo de la/ mesa, cubierto por un mantel que caía hasta el piso. ¡Son cosas entrañables!

”Yo creo que todo aquello fue lo que hizo que me conservara su amistad, porque el cuento con Gabriel duró toda la vida, muy a pesar de que nueve meses después de juntarnos, nos dimos cuenta de que no estábamos para nada hechos el uno para el otro. Yo daba órdenes, tenía mi genio y de ahí salió lo de ‘generala’. Nos pasábamos la vida peleando y un buen día decidí dejar París, dejar todo. Gabriel me acompañó a la estación de Austerlitz, por donde regresé a Madrid, con ocho maletas que él y otros amigos me ayudaron a cargar, aunque él dice que yo llevaba 16 maletas, lo cual no es verdad.

”Muchos años después, en el 69, cuando ambos ya estábamos casados, él me volvió a buscar y nos volvimos grandes amigos. Después, él compró el apartamento del sexto piso, el que queda justo aquí debajo del mío y siempre que venía íbamos a comer ostras con mi marido, con Mercedes y con sus hijos. Íbamos a los restaurantes de los mejores chefs de París. Muy distinto de lo que pasamos al comienzo… Todo lo más selecto cuando empezaron a venir todos sus triunfos, aunque yo nunca lo llamé Gabo, para mí siempre fue Gabriel.

”Él tuvo la gentileza de dedicarme la traducción francesa de El amor en los tiempos del cólera y me dijo que fue Mercedes quien tuvo la idea. Yo lo agradecí mucho y todavía me emociono cuando lo recuerdo, pues a pesar de que no tiene nada que ver con nuestra historia, él dice que ese es el libro que va a quedar, más que Cien años de soledad. Los críticos le dicen que no y él les responde que está de acuerdo con ellos en que los Cien años es un libro mítico, pero dice que, en cambio, El amor en los tiempos del cólera es de gente humana, de cosas que son de verdad, con los pies en la tierra, de lo más real que nos puede pasar a todos, del amor”.

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