Jaime Abello: la memoria de Gabo

El encargado del legado del más prominente periodista que ha dado este país es un parrandero irreductible. Así lo pidió el propio Gabo.

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Semblanza del hombre gigante que hace unas semanas revivió el mayor premio que se concede al periodismo en el mundo iberoamericano y que tiene en sus manos la tamaña tarea de hacer del periodismo escrito en español la más poderosa de las herramientas de la sociedad.

Lo primero que hay que decir sobre Jaime Abello Banfi es que tiene una cara de niño recién bañado. Es cincuentón y usa gafas, pero no tiene canas y su cabello castaño es abundante y se peina solo. Tiene todo el aspecto de uno de esos chicos buenos que ayudan al cura a prender las velas del altar en las misas –o, quizás, la del cura mismo. Le haría falta solo la sotana–.

Jaime es corpulento pero lo lleva ligero, y cuando baila –que es frecuente porque es barranquillero y lleva su costeñidad como un destino en la vida– se mueve como una pluma. El que lo ha visto bailar, hora tras hora, en alguno de sus lugares favoritos –el antro de La Troja en Barranquilla, Quiebra Canto en Cartagena, o en la calle, vestido de marimonda, en los días de Carnaval– sabe que así es.

Cuando llega a La Troja, siempre lo anuncian por micrófono como un invitado de lujo: “¡Aquí con nosotros Jaime Abello Banfi, el director de la Fundación Nuevo Periodismo!”. Y cuando entra a Quiebra Canto, le ponen en su honor la misma canción, en una tradición que ya alcanza veinte años, “Aquí hay un hombre gozando”, y él baila y goza. Y lo más seguro es que si alguien ha visto bailar a Jaime, también ha bailado, porque él lo ha obligado. Es así, casi siempre: uno queda con Jaime para salir a comer, pero las noches siempre terminan en rumba, en grupo, con Jaime al centro, y los demás alrededor, meneándose como los acólitos rítmicos de un gurú del buenvivir.

Es así porque Jaime Abello es, para todo su círculo de amigos, el indiscutible líder de facto. Nuestro propio rey Baco.,“El Emperador”… hace unos años en un Carnaval cedió a su fama y se disfrazó de emperador romano. Hace poco, un amigo cachaco que estuvo presente en ese entonces me contó cómo se había encontrado a Jaime descansando en el interludio de esa histórica pachanga. Riéndose con su recuerdo del momento dijo: “Jaime estaba en su toga blanca, inclinado en una silla y mientras un amigo le ataba los pasadores de los zapatos, una amiga le daba cucharadas de sopa a la boca. ¡Es que realmente era el emperador!”.

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