El Papa de los 25 años

Antonio José Caballero logró el primer saludo para Colombia de Juan Pablo II como Papa. Esta es la historia publicada en el número 403 de Revista Diners en octubre de 2003.

Todos estábamos  conscientes  de que no era un cónclave cualquiera. En la elección anterior se habían  mencionado nombres diferentes  de los italia­nos y se pensaba en la posibilidad de un Pontífice lat­ noamericano como el arzobispo  de Fortaleza, Brasil. Aloisio Lorscheider;  o que el Espíritu  Santo  señalara un obispo de Roma que viniera de África, corría el car­ denal Bernardin  Gantín; y se barajaban  posibilidades como la de Köening, de Austria, sin descartar  la “Igle­sia del silencio” que sigilosamente comandaba  el primado polaco Stefano Wyszynski. En fin, que la rosa de los papables que manejan  los vaticanistas era esta vez más extensa y complicada.

Nos  reuníamos  en  las  noches  todavia  calurosas  de Roma en Trastevere, o en la Fiorentina, y gastábamos las horas deshojando esa rosa y escuchando  a los patriarcas  de la Sala Stampa,  que analizaban  posibili­dades y soltaban  nombres como el de Siri el gran conservador, o Benelli el señalado  por el papa Montini o Pappalardo  que venía con “la fuerza de Palermo”, o el mismo   Giuseppe   Paupini   que  había  llegado  a  ser papàbile luego de ejercer como Nuncio  en Colombia. Pero nadie mencionaba  a Wojtyla, o sólo unos  pocos, y  apenas  para  advertir  que  había  logrado   algunos votos en el cónclave anterior.

Así se cerró la puerta  detrás de los ciento once purpu­rados que entraron ‘bajo llave” a buscar el nuevo suce­sor de Pedro. Nuestra mirada se fijó en la chimenea  de la Capilla Sixtina -Fumata  nera en los primeros  in­tentos. Ell 16  de octubre, sobre el crepúsculo de Roma pudimos anunciarle al mundo que había acuerdo entre  los cardenales.  En el Aula Paulo VI seiscientos periodistas  les contábamos  nerviosamente a nuestros oyentes que la elección había sido difícil; que podía pro­ducirse la gran  noticia de un Papa no italiano; que el que venía era un Pontífice pastor, que gobernaría luego de la sonrisa de Luciani, y en fin, que una hora después apareció en el balcón central el camarlengo-cardenal Pericle Felici y anunció: “iHabemus  Papam!”: Karol, car­denal de la Santa Iglesia, Boitiwa, o Voytiva, o Boytila.

Y empezó la locura  en la Torre  de Babel. Que  era afri­cano, afirmó  de inmediato mi vecino portugués. Que había llegado la hora del continente negro, aseguró un colega español.  Yo repetía que nos habíamos quedado de piedra, que el nuevo Pontífice no figuraba en  nin­guna rosa papable,  mientras pasaba las ciento once biografías, sin resultado alguno.  Que si era con B o con V… Hasta  que  apareció una mano amiga que habíaestado  detrás  de la mesa  de transmisión, y me señaló: ”Es con W, es polaco  y se pronuncia Wojtyla  (Woyti­wa)”. Rápidamente busqué la última  página, y allí, en una biografía de 27 renglones, nos contaban que había nacido en  Wadovice,  que  era  arzobispo de  Cracovia, que tenía 58 años y que era poeta, filósofo y ex mine­ro luchador en la resistencia polaca.

La mano amiga  era la del entonces obispo  auxiliar  de Medellín  y hoy cardenal Alfonso López Trujillo, amigo personal del nuevo Pontífice quien se había impuesto el nombre de Juan Pablo II. Sobra decir que aquella transmisión resultó histórica y llena de anécdotas que contó el prelado colombiano durante dos horas hasta cuando asomó  al balcón el Papa polaco y saludó  en un italiano con mucho acento  y advirtió: “No sé si podré explicarme en vuestra… en nuestra lengua. Si me equi­ voco, corregidme”. Y dio su primera bendición Urbi et Orbi en el marco  de la noche  romana.

Pero lo mejor  estaba  por venir. Dos días después nos recibió  a los periodistas acreditados, y al entrar en la sala  resolví,  con  un colega  mexicano, Joaquín López Dóriga, intentar atraerlo con un hermoso Cristo  talla­ do  que  él  había   llevado  desde   su  país.  Yo le  dije: Joaco,  tú  lo  llamas,  él  viene  a  la  baranda y  yo  me encargo de lo demás. Y me encargué de lo demás, que era saltar  la barda,  agarrarme de la manga  de la sota­na, tirarme de rodillas para evitar los tirones de la seguridad papal y la guardia suiza, y lograr el primer reportaje a un Pontífice  para  Colombia y México. Recordó que había hablado mucho de nuestro país durante el cónclave con el cardenal Aníbal Muñoz Duque, y  que  lo  importante era  luchar entre  todos para  lograr la paz  sin matarse entre hermano mediante el diálogo.

Le pregunté si era posible visitar  Colombia, y me respondió que había prioridades, “pero lo importante no es ir allí sino que todos tratemos de entendernos e­n comunión en el logro de una paz común, sin derrama: la sangre  de los hermanos”, y luego su primera bendición para  Colombia, y después la carrera  mía hasta  la sala  del  Vaticano para decir a mis oyentes de RCN: “Amigos, los saludo desde Roma, pero esta vez no voy a hablar yo porque es el propio Papa el que les habla”. Todo esto ocurrió  hace 25 años, el 16  de octubre,  cuan­do  un polaco abrió la puerta del Vaticano para luego derribar el muro de Berlín y recorrer el mundo y supe­rar un atentado y seis operaciones y sobrellevar el mal de Parkinson y ser protagonista principal de la historia contempóranea.

Los “papábiles”

El problema  principal  que tendrá  el Colegio Cardenalicio  elector es de­cidir si el nuevo Pontífice debe ser italiano o seguirá perteneciendo a Europa o será escogido entre los car­denales latinoamericanos.  En Italia sigue “sonando” cada vez más el arzobispo de Génova, Dionisio Tetta­ manzi, pero además resalta el carde­ nal Giovanni Batista Re, actual jefe de los obispos del mundo. Algunos nos­ tálgicos piensan en el gran filósofo de Milán (retirado) Carlo María Martini. Entre  los  europeos  marca  la  pauta monseñor  Cristóforo Schomborn, ar­ zobispo cardenal de Viena, sin olvidar a los cardenales españoles de Madrid, Bilbao  y  Barcelona,  Antonio  María Rouco  Varela,  Ricardo  Blásquez  y Ricardo María Carlés respectivamente. Y entre los latinos, la mirada va hacia Brasil y Colombia. Muy buena imagen tienen  monseñor  Moreira  Neves, ahora muy delicado de salud, y el cardenal Darío Castrillón Hoyos, quien es la figura más internacional de la Curia romana por su manejo directo de los sacerdotes  del mundo. También cuenta con muchos votantes en América Latina el cardenal arzo­bispo de Tegucigalpa, monseñor Ós­car Rodríguez.

Será, de todas maneras, una lucha política en  muy diversas  proporcio­nes de votantes de los cinco conti­nentes en el nuevo Colegio Cardena­licio, en el cual los italianos son hoy la gran minoría.

Tal vez preocupado  por la  proximi­dad de su sucesión, Juan Pablo II pre­cipitó el Consistorio, o sea el cuerpo de cardenales que elegirá al nuevo Pontífice. Acaba de nombrar a 32 fla­mantes cardenales, entre ellos tres latinoamericanos, lo que eleva a 135 el cuerpo de purpurados  con capaci­dad de votar en el próximo cónclave. Con estos  nombramientos,  Juan Pablo II marca  un nuevo récord papal, al haber  ungido a 210 carde­nales en 25 años de  pontificado. Entre los nuevos príncipes de la Igle­sia surgen otros tres “papábiles” italianos, que son Ennio Antonelli, arzobispo de Florencia, Tarcisio Bertone, arzobispo de Génova, y Angelo Scala, arzobispo de Venecia.

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