El papa Francisco: ¿Rockstar o reformador?

El papa argentino, que visitará próximamente a Colombia, está haciendo de sus gestos cargados de humildad la mejor herramienta para volver a atraer miles de creyentes al camino del catolicismo.

Para entender hacia dónde va Jorge Mario Bergoglio, el hombre que en pocos meses ha traído a la Iglesia aires de modernización, es necesario conocer su historia.

EL ENCIERRO
El obispo pidió un plato de angulas y una botella de vino Petrus de unos dos mil quinientos dólares. Se sirvieron las cinco copas y el obispo pidió una botella más. Antes de los postres ordenó una tercera botella del exclusivo vino francés de la región de Pomerol.

Según un testigo de la escena, la cuenta rebasó los ocho mil dólares. La canceló uno de los comensales, un industrial que quería congraciarse con el prelado. En la mesa se habló de política y de negocios. El obispo se despidió y se subió a su camioneta blindada. Dos motociclistas de la policía le franqueaban el tránsito para que el vehículo episcopal no tuviera que detenerse en los semáforos en el camino a su residencia.

El jerarca católico que protagonizó la escena no es argentino, no se llama Jorge Mario Bergoglio ni llegó a papa. Su nombre es Onésimo Cepeda y fue el primer obispo de Ecatepec, una diócesis en el valle de México con unos tres millones de católicos, la misma cantidad de feligreses que el cardenal Bergoglio tuvo a su cargo en el arzobispado de Buenos Aires.

¿Por qué los cardenales eligieron papa al argentino Jorge Mario Bergoglio? Justamente porque querían marcar distancia con la imagen del jerarca católico que se toma a la letra la frase de “príncipe de la Iglesia” (como los Onésimos Cepedas que hay en el mundo) y vive como un aristócrata, rodeado de políticos y empresarios y alejado de la gente común.

En unos cuantos días, el papa Francisco se ganó a la opinión pública mundial con una estrategia sencilla: comportarse como un hombre común, tal como lo había hecho cuando era arzobispo primado de Buenos Aires. Bergoglio lavaba sus platos después de cada comida y se transportaba en metro y en buseta (o, como dirían los argentinos, en subte y en ómnibus).

Rechazó la lujosa residencia arzobispal y se instaló en un pequeño apartamento arriba de sus oficinas. En una libreta negra solía apuntar los nombres y los teléfonos de la gente que conocía y los llamaba sorpresivamente para saber cómo estaban y felicitarlos por su cumpleaños.

El papa Francisco es la respuesta tardía a una crisis de credibilidad de la Iglesia católica, que no se debe solo a los escándalos de pederastia clerical de la década pasada. El problema de raíz ha sido su excesiva burocratización. La Iglesia se volvió incapaz de articular un mensaje atractivo a las nuevas generaciones. Y millares de feligreses la abandonan cada día.

En el discurso con el que se ganó el papado en el cónclave, el papa Bergoglio dijo que la Iglesia se había enfermado de “autorreferencialidad” pues solo se escuchaba a sí misma. Citó una escena del Apocalipsis de Juan, en donde Jesús toca a la puerta y dice: “Si alguien oye mi voz y abre, entraré en él”. Pero Bergoglio le dio la vuelta al pasaje bíblico: “Pienso en las veces que Jesús golpea desde dentro para que lo dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir”, dijo a los cardenales.

El papable más fuerte no era Bergoglio, sino el brasileño Pedro Odilo Scherer, arzobispo de São Paulo. Era el candidato de los “curiales”, como se conoce a los cardenales que gobiernan la Iglesia desde la curia del Vaticano. Pero elegir a Scherer significaba apostar, una vez más, por lo mismo: por una Iglesia que pontifica sobre sexualidad y familia sin aceptar posturas distintas, y que concentra el poder en Roma sin ceder autoridad al resto de los obispos. Scherer y cualquier otro candidato de la curia representaban la receta para ahondar la crisis. Bergoglio apareció como la única salida.

La vida de Jorge Mario Bergoglio tiene más subidas y bajadas que un juego de serpientes y escaleras. Muy joven llegó a ser la máxima autoridad de los jesuitas en su país, pero a los pocos años estaba desterrado y confinado a ser un modesto confesor en una parroquia de provincias.

En 2005 quedó a unos cuantos votos de ser electo romano pontífice pero le ganó Joseph Ratzinger. En 2013, a punto de tomar el avión para sumarse al cónclave que elegiría al sucesor de Benedicto XVI, les dijo a sus amigos que su oportunidad ya había pasado y que a sus 76 años estaba muy viejo para ser electo papa.

LA HUIDA
El papa Francisco habla con fluidez italiano –la lengua universal de la Iglesia tras la caída en desuso del latín– porque fue el idioma que le transmitió su abuela Rosa, quien de paso le inculcó el catolicismo. La familia Bergoglio abandonó Italia en 1929, ahuyentada por el ascenso al poder de Benito Mussolini. Los cuatro hermanos Bergoglio, empresarios de la construcción, habitaban una casa de cuatro pisos (un piso por familia), la primera que tuvo elevador en Buenos Aires.

Pero dos años después, en 1932, Argentina cayó en una severa crisis financiera y los Bergoglio perdieron hasta las tumbas que habían apartado en el cementerio. Mario José Bergoglio tenía conocimientos de contabilidad y recuperó cierta estabilidad financiera que le permitió casarse con Regina María Sivori el 12 de diciembre de 1935. Un año después, el 17 de diciembre de 1936, nació el primogénito de la familia, a quien bautizaron Jorge Mario.

Tuvo una infancia común. Jugaba al fútbol en las calles y pasaba mucho tiempo con su abuela Rosa. Se hizo aficionado del club San Lorenzo de Almagro, del que sigue siendo hincha y a los 13 años su padre lo envió a trabajar: hacía la limpieza de una fábrica de calcetines.

Estudiante de una carrera técnica en química, consiguió empleo en el laboratorio Hickethier y Bachmann como analista de muestras. Ahí conoció a una influencia determinante en su vida, su jefa Esther Ballestrino de Careaga, una paraguaya de militancia comunista que lo acercó a los clásicos italianos. A los 21 años ingresó al Seminario Metropolitano de Buenos Aires, pero un año después, el 11 de marzo de 1958, optó por el noviciado de la Compañía de Jesús, en la provincia de Córdoba.

Muchos años después, en 1977, Ballestrino fue secuestrada y asesinada por la dictadura militar. Era líder de la organización Madres de la Plaza de Mayo porque habían secuestrado a su hija Ana María y a dos yernos.

EL DESTIERRO
En la biografía del papa Francisco hay un agujero negro. Su ascenso en la Compañía de Jesús había sido vertiginoso: apenas ordenado sacerdote, de 33 años, lo hicieron maestro de novicios, como se llama a los responsables de la formación de los jóvenes aspirantes a curas.

Dos años y medio después lo designaron provincial –la máxima autoridad– de los jesuitas en Argentina. Solo tenía 36 años y estuvo en ese cargo hasta los 42. Pero después de haber alcanzado el mayor puesto su carrera se fue lentamente a pique: tras unos años como rector del Colegio Máximo de San Miguel, le autorizaron irse a Alemania, a la Universidad de Sankt Georgen, a escribir su tesis doctoral. Y ahí sufrió el castigo: a los pocos meses, cuando apenas había iniciado su investigación sobre la teología de Romano Guardini, lo llamaron de vuelta a su país para asumir un encargo muy modesto: ser el confesor de una parroquia en la provincia de Córdoba, a 700 kilómetros de Buenos Aires. Se le asignó el cuarto número 5, de nueve metros cuadrados, en la residencia de la Compañía de Jesús.

Era 1986 y Jorge Mario Bergoglio, exsuperior de los jesuitas argentinos, no era más que un cura de barrio.

Ese descenso al destierro cordobés plantea dos preguntas: ¿Por qué se le daba ese trato a un exprovincial? Ni siquiera lo habían dejado concluir su doctorado. Y la segunda, ¿cómo salió de ese destierro e inició su camino hacia el papado?

La respuesta a la primera pregunta está en los años negros de la dictadura argentina de 1976 a 1983, que le costó a Argentina unos 30.000 desaparecidos.

El período de Bergoglio como provincial de los jesuitas (1973-1979) coincidió en buena parte con la dictadura. Los archivos desclasificados de la Conferencia Episcopal Argentina demuestran que la cúpula del episcopado de ese país supo de las desapariciones forzadas y no las denunció. Incluso ofrecieron que el clero contactara a las familias de desaparecidos para suavizar el impacto de la noticia y evitar que denunciaran su muerte, tal como lo ha documentado el periodista Horacio Verbitsky a lo largo de estos nueve meses de papado.

Bergoglio ha sido acusado de no haber denunciado públicamente el secuestro de dos sacerdotes jesuitas que trabajaban en villas miseria –barrios marginados– y que fueron torturados durante cinco meses por militares, los padres Orlando Yorio y Franz Jalics.

Con los años se supo que Yorio y Jalics desobedecieron la orden de Bergoglio y del superior general, Pedro Arrupe, de abandonar su comunidad y refugiarse mientras pasaba el peligro, pues ya estaban señalados por la dictadura. El papa ha argumentado que se entrevistó en cuatro ocasiones con miembros de la Junta Militar –dos veces con Rafael Videla y dos más con el comandante Emilio Massera– para exigir la presentación con vida de los presbíteros. Es posible que la presión de Bergoglio resultara determinante para que los curas no fueran asesinados.

En todo caso, durante ese tiempo, la Compañía de Jesús en Argentina se dividió. De un lado estaban los sacerdotes más proclives a la Teología de la Liberación como Yorio y Jalics, que hacían trabajo con los sectores más desfavorecidos. Y en la otra esquina estaban los jesuitas más conservadores, que rechazaban las posiciones de izquierda y la “hermenéutica marxista” del evangelio, como la ha llamado el ahora papa Francisco.

Frente a esa división, Bergoglio gobernó sin conciliar. En una entrevista que le dio ya como papa a la revista La Civiltà Cattolica, él mismo lo reconoció: “Mi forma autoritaria y rápida de tomar decisiones me llevó a tener problemas serios y a ser acusado de ultraconservador”.

En su etapa como provincial, Bergoglio simpatizó con una organización peronista de centro derecha llamada Guardia de Hierro, que llegó a tener unos quince mil miembros. Allí decidió que la Universidad de El Salvador, fundada y dirigida por jesuitas, fuera transferida a los laicos, y favoreció a militantes de esa organización para los puestos directivos. Esta decisión generó molestia entre sus compañeros en la Compañía de Jesús.
Todo esto pudo haber provocado la marginación de Bergoglio de la cúpula jesuita argentina y su envío a Córdoba. Pero ahí lo esperaba la buena suerte.

EL ASCENSO
El arzobispo primado de Buenos Aires, cardenal Antonio Quarracino, acudió a un retiro espiritual a Córdoba y oyó predicar a Jorge Mario Bergoglio. Le impresionaron su carisma y sencillez.
Aun cuando estaba alejado de Buenos Aires, el padre Bergoglio no era un desconocido para la élite de la Iglesia argentina, pues mantenía una buena relación con el nuncio apostólico Ubaldo Calabresi. Así, en 1992, Bergoglio fue designado obispo auxiliar de Buenos Aires. Desde ese momento puso en práctica un estilo de vida y de gobierno eclesiástico que lo pudieron haber llevado a dos lugares: a la canonización o al papado. Ya consiguió uno de ellos.

Renunció a los privilegios materiales de los obispos. Ni coche, ni chofer, ni monjas que estuvieran a su servicio las 24 horas. Calentaba su comida y tendía su cama. Fomentó que los curas a su cargo se insertaran en las villas miseria; bautizó a los hijos de madres solteras; lavó los pies de enfermos de sida; se reunió a orar con judíos, pentecostales y musulmanes; dialogó con ateos, y aprendió una forma de gobierno distinta de la que había ejercido como joven provincial jesuita.

Bergoglio desarrolló una teología propia que él ha llamado “piedad popular”. Se distancia de la Teología de la Liberación en la medida en que no habla de “cambio de estructuras”, pero también se aleja de la Iglesia conservadora, cuestiona la globalización y la distribución injusta de la riqueza. Quarracino lo impulsó como su sucesor y en 1998 monseñor Bergoglio asumió la titularidad de la Arquidiócesis de Buenos Aires. Su estilo austero de vida no cambió, solo se hizo más notorio. Y si durante la dictadura militar había optado por el perfil bajo, como arzobispo aprovechó sus homilías para señalar los errores de la clase política, siempre con un lenguaje hermético que, sin embargo, enfurecía a los presidentes Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández de Kirchner (2007-hoy), que llegaron a calificarlo como “el jefe de la oposición”.

En temas de moral sexual fue inflexible. Cuando la presidenta Fernández impulsó una ley para legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, Bergoglio se puso al frente de una manifestación en contra y llamó a la iniciativa de ley “una movida del padre de la mentira”.

AL RESCATE DEL ARCA
Los miembros de una institución burocrática no manifiestan sus más sinceras posiciones sino hasta que llegan a la cumbre de su carrera. Antes, su esfuerzo se concentra en agradar a los superiores, repetir las mismas consignas, aparentar que están comprometidos con la continuidad y no con el cambio.

En temas de moral sexual y de ideología política, Bergoglio supo jugar ese juego. Condenó las uniones homosexuales y marcó una distancia con la izquierda. Pero el papa Francisco ha entendido su pontificado como una tarea de restauración de equilibrios internos y de recuperación de la credibilidad.

Le tendió una mano a la Teología de la Liberación al reunirse con su fundador, el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, y al desbloquear la beatificación del arzobispo de San Salvador Óscar Arnulfo Romero.

Durante los papados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, los movimientos neoconservadores (Opus Dei, Legión de Cristo, Comunión y Liberación, entre otros) habían adquirido mucha influencia y habían desplazado a los movimientos más populares y progresistas. Francisco no favorecerá a unos o a otros, simplemente buscará un equilibrio, como lo está demostrando día a día.

También dejó de lado su retórica homofóbica en una conferencia de prensa que ofreció a bordo del avión papal: “¿Quién soy yo para juzgar a los gays?”, preguntó a los periodistas. Era la primera vez en la historia que un pontífice pronunciaba la palabra gay y se abstenía de lanzar un anatema: una posición muy distinta de sus palabras como arzobispo de Buenos Aires.

Los guiños modernizadores de Francisco han despertado grandes expectativas de los progresistas y temores soterrados de los más conservadores. Por ahora solo es seguro que emprenderá una reforma administrativa a la curia vaticana: se avanzará en la transparencia del manejo financiero y la burocracia central, probablemente ceda un poco de poder frente a las conferencias episcopales de cada país.

Pero es todavía una incógnita si estará dispuesto a las reformas de largo alcance: la ordenación sacerdotal de hombres casados y mujeres; la elección democrática de obispos en sus propias diócesis; la participación de los laicos y las mujeres en el gobierno de la Iglesia y un auténtico acercamiento ecuménico a otras Iglesias cristianas.

Por lo pronto, Francisco se ha ganado al mundo con sus gestos: lavar los pies de mujeres y musulmanes, besar hombres con graves enfermedades en la piel, pedir que oren por él. Si su pontificado se queda en ello, será un exitoso papa mediático: un rockstar latinoamericano que llenará los estadios, pero vaciará las parroquias, tal como le ocurrió a Juan Pablo II.

Francisco, sin embargo, tiene la oportunidad histórica de abrir las puertas y ventanas de la Iglesia e imprimirle algunos valores de la modernidad: la democracia, la inclusión, el diálogo, y recuperar la autoridad moral perdida hace décadas. Pero eso lo sabremos hasta dentro de algunos años.

Sobre el Autor

Cronista, escritor y bloguero mexicano. Autor del libro Ovejas negras, rebeldes de la Iglesia mexicana del siglo XXI y colaborador de Gatopardo.

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