Regresa Benedict Cumberbatch como Sherlock Holmes

Estoy en la oscuridad de una sala de teatro en Naples (Florida), inmersa en el Frankenstein de Danny Boyle presentado por el National Theatre Live. Al ritmo de luces y sonidos minimalistas, en una densa escena de diez minutos, la “criatura” hecha por el científico demente nace a través de una membrana de látex y cae al piso contorsionándose dolorosamente como un gusano. Llena de poderosa inocencia bruta, la actuación de Benedict Cumberbatch asalta mis sentidos. En forma lenta, grotesca, el naciente ser escruta a su creador con una profundidad intensamente física, emocional e intelectual. El resultado es visceral e inolvidable.

Y uno lo sabe. Sabe que está en presencia de algo que rara vez se encuentra y entiende lo que vieron Steven Spielberg, J. J. Abrahms y Susanna White, algunos de los directores de cine, teatro y televisión que han trabajado con él, para calificarlo como uno de los mejores actores de su generación y de su tiempo.

El londinense Benedict Cumberbatch tiene 37 años, el nombre victoriano más fabuloso del planeta, y una fascinante cara que se estira y se contrae como si fuera de caucho: ahora es lisa, y una milésima de segundo después está surcada por mil líneas de expresión. Un minuto es realmente atractivo y al siguiente, con solo mover algún músculo escondido de su rostro, deja de serlo. Los ojos felinos hacen lo suyo, pasando por toda la gama de azules y verdes, dependiendo de cómo los impacten la luz y las emociones.

Su última aparición en la pantalla grande fue habitando la mente del activista Julian Assange, fundador de WikiLeaks, en El quinto poder. Meses antes, aterrorizando a la tripulación del Enterprise en Star Trek: en la oscuridad. Próximamente será Hamlet en las tablas y en cine, escudriñará la mente del brillante matemático Alan Turing enfrentado a los códigos cifrados nazis y encarnará al coronel Percival Fawcett, durante su fallida expedición de 1925 buscando El Dorado en el Amazonas.

Aunque el mundo lo vino a descubrir en 2010 a través de la magnífica serie de la BBC Sherlock, que ya va por su tercera temporada y que es objeto de un culto “beatlesco” en Inglaterra, Cumberbatch está lejos de ser un nuevo fenómeno artístico: lleva dos décadas preparándose intelectualmente y más de diez años de bien recibido trabajo profesional. Si bien al principio era uno más de tantos otros buenos actores ingleses, en los últimos tres años se distanció del pelotón, ascendiendo tan vertiginosamente que aún le cuesta trabajo respirar el aire enrarecido de la ionósfera.

Le pregunto si sabe qué detonó su brillo. “No lo sé. No tengo ni idea, es una serie de cosas, ser insistente. Y dejar que el trabajo hable por uno. Créame: durante mis primeros años en el escenario y frente a una cámara me sentía como un mueble”, me cuenta en la entrevista. “Pero siempre di lo mejor de mí”. Su voz es teatral, maleable. Rica en matices ahumados y sorprendentemente profundos para alguien de su edad. Un instrumento que le sirve de puente para conectar los brutales extremos de emoción que es capaz de entregar en un par de frases.

“Todos queremos escaparnos de nuestras circunstancias, ¿cierto? Especialmente si uno es actor. El proceso imaginativo me hace agua la boca. Mientras más me distancie de mí mismo, la cosa es más exigente. Estar lejos de mi zona de confort me parece lo más intensamente divertido. Desde ser el tipo más tieso e inexpresivo, en Parade’s End, hasta convertirme en un dragón, en The Hobbit. Cada papel es increíblemente diferente. Es la universidad de la vida. Lo podría hacer ante cinco personas o en la sala de la casa de mis padres. Para mí no es la escala del proyecto, ni el tamaño de la audiencia o el querer satisfacerla. Es esta cosa egoísta de realmente gozar mi trabajo de habitar otras almas”.

Cumberbatch habla a mil. Tiene una gran cortesía hacia cada pregunta, la desmenuza, la analiza, le es imposible ser puntual en sus largas respuestas. Es una delicia escucharlas por su profundo conocimiento del idioma inglés. Con una frescura que afortunadamente no ha perdido con el súbito estrellato (aunque a veces quisiera ser el hombre invisible), va pasando del staccato a la pasión contenida, a una salva de murmullos inconsecuentes. El efecto que produce es el de cierta complicidad compartida.

“Siempre he tenido esta idea de mejorar constantemente. Saberlo todo sobre este vino o sobre el ave que estamos escuchando, y entender el mundo que me rodea, casi con desesperación”, dijo en alguna ocasión. Conserva la misma energía física y mental inagotable que tenía de niño, cuando sus padres (actores también, su madre, Wanda Ventham, fue un ídolo en la TV británica de los años setenta) pensaban que era un problema de tiroides apenas controlado ahora, en su vida adulta.

De ahí que su ritmo de trabajo sea febril: en lo que va del año ha aparecido en siete películas y series (desde papeles protagónicos hasta cameos de unos pocos minutos); y tiene otras seis en distintas etapas de producción. Negándose rotundamente a quedar encasillado en un estilo, sus papeles camaleónicos van desde lo no humano hasta seres del futuro, personajes del pasado, ficticios y reales, vivos y muertos.

Su virtuosismo y magnetismo, que me recuerdan al actor Alan Rickman –una clara influencia– son indiscutibles. Cada rol, no importa si dura unos pocos minutos o varias horas, somete a la audiencia a una exquisita e impredecible mezcla de emociones. Cada gesto, palabra y mirada están calibrados como puntas de láser para entregar más que una simple interpretación.

Capaz de llorar al chasquido de dos dedos, se despoja de un personaje o estado anímico para entrar en otro con una facilidad aparente, cambiando de tonos y estructura como lo hace la piel de un calamar, y justificando el haber ganado más de la mitad de las dos docenas de premios a los cuales ha sido nominado –BAFTAS, Oliviers, Emmys, Golden Globes–.

“Es como ver a un gimnasta olímpico en movimiento”, dice el director de Star Trek, J. J. Abrahms. “Yo imaginaba que iba a ser bueno en cualquier cosa, pero sobrepasó todas mis expectativas. Lo elevó todo y le confirió a sus escenas enorme inteligencia”.

“Es algo intimidante porque uno tiene la clara impresión de que es más inteligente que tú. Eso no es fácil para el ego”, le dijo a Vogue John Wells, director de August: Osage County, cuyo elenco gigante está encabezado por Meryl Streep, quien se ha confesado gran admiradora de Cumberbatch en su serie Sherlock.

“Cumberbatch sobresale sobre los demás actores en revelar la vida interior de cualquier personaje que interpreta, haciéndolo multidimensional más allá de las palabras, de tal manera que las audiencias pueden entender sus pensamientos y motivaciones”, escribió Lynnette Porter en el renombrado libro Benedict Cumberbatch en Transición.

Una estrella atípica, cerebral y que desafía toda caracterización, Cumberbatch no da nada por sentado ni prefiere un medio sobre otro. Para guiar su carrera, elige papeles en radio, cine, TV y teatro más con la cabeza que con el corazón, analiza Porter en una entrevista. Más que ser un actor de método, su preparación para cada papel es de inmersión, e incluye conversaciones y lecturas exhaustivas de cuanto encuentra sobre el tema y su época.

“Creo que las personas más interesantes, no importa si son héroes o villanos, tienen una serie de capas emocionales: son grises, entre malos y buenos”, me explica Cumberbatch, quien se ha descrito a sí mismo como malgeniado, impaciente, algo anticuado, desorganizado con el horario, fumador, tímido en situaciones sociales y viejo antes de tiempo.

Por eso guarda un cariño especial por su gótico Sherlock de bucles negros, y por el buenazo aristócrata eduardiano Christopher Tietjens de Parade’s End. “Yo no creo en el bien y el mal. Ese es el truco. Como actor, siento empatía con el personaje, pero además lo encarno entendiendo por qué hace lo que hace, no importa qué tan despreciables sean sus acciones”.

Un fenómeno social
Algo en la calma controlada del lenguaje corporal de Cumberbatch contrasta con su cálida y generosa disposición hacia sus millones de fans, que abarrotan cualquier escena que esté filmando. Que está soltero, ama la música (desde el jazz hasta el fuerte rock de Sigur Ros), adora a los niños y leerles libros de cuentos, solo exacerban la psiquis colectiva.

Esto, sumado a sus credenciales de buen actor, a sus modales impecables de tipo fino educado en un colegio elite, y a su aire de criatura inalcanzable y como de otro mundo, han ubicado a este exalumno de la Academia de Música y Artes Dramáticas de Londres en una posición única y privilegiada dentro de la industria del entretenimiento.

De hecho, Benedict Cumberbatch es un creciente fenómeno social. Su base de fans en Internet ha llegado a recolectar más de 45.000 libras esterlinas en los últimos dos años (casi 137 millones de pesos), para obras de caridad allegadas al actor, y casi 90.000 para producir el cortometraje A Little Favour, de un amigo suyo.

La ropa o los accesorios que usa se convierten en un hit instantáneo. Es el caso del brazalete de cuero de reno y trenzas de peltre y plata de la artista sueca Margareta Lidskog, que trabaja con artesanos lapones sami para preservar su cultura ártica. Se lo regaló un amigo “para la buena suerte”, y él casi nunca se lo quita. “El resultado es que he recibido pedidos de 20 países en mi website SwedArt, de miles de sus fans que quieren exactamente el mismo antiguo brazalete del norte escandinavo”, cuenta Lidskog. “Ni siquiera en los Juegos Olímpicos de Invierno en Noruega se había abierto una ventana a tantos artesanos de la milenaria cultura sami, y Benedict es ahora un embajador, sin habérselo propuesto”.

El fenómeno se extiende a un sinnúmero de páginas en Facebook. Quizás las más respetuosas por la forma en que rinden homenaje al trabajo artístico del actor son Cumberlord, the quintessential British man, llevada por la italiana Emanuela Borgatta, profesora de literatura; y en español, Benedict Cumberbatch México, de la comunicadora Teresa Torner.

“Esta es una linda manera de estar al tanto de mi actor favorito, a quien he tenido la suerte de encontrar dos veces”, dice Borgatta, cuya página tiene 7.000 seguidores.
Parafraseando a la experta en comportamiento Judi James, adquirir el gusto por Benedict Cumberbatch es como tomar un buen vino o morder un trozo de queso Stilton. “Te hace sentir un poco superior”.

Algunas de las producciones en las cuales ha participado Benedict Cumberbatch:

2008 – The Last Enemy (miniserie TV)
2009 –Small Island (TV movie)
2010 –Van Gogh Painted with Words 
 (película de TV)
2010 –Third Star (cortometraje)
2010 – Sherlock (serie TV)
2011 –Frankenstein/La criatura, 
 alternando el rol con el de 
 Victor Frankenstein (teatro)
2011 –Tinker Taylor Soldier Spy
2011 –War Horse
2012 –Parade’s End (serie TV)
2013 –Star Trek into Darkness
2013 –12 Years a Slave
2013 –The Fifth Estate
2013 –August: Osage County
2013 –Little Favour (cortometraje)
2013 –The Hobbit: The Desolation of Smaug

Sobre el Autor

Periodista especializada en ciencia radicada en Miami

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